La muerte no interrumpe nada

facana rimaia

Nuestro amigo se fue el 14 de febrero de 2016. Lo trajimos a La Base, estuvimos con él más de 12 horas antes de llevarlo en brazos al cementerio de Monjuïc, en una caminata de dos horas en la que participaron más de 400 personas.

(Para más información: notícia en La Directa.)

He aquí un vómito colectivo escrito a altas horas de la noche, con los cuerpos cansados y los afectos convulsos. Esto no es lo que Pablo dijo o quería, sino lo que su muerte y su vida han provocado en nosotras. Es lo que nosotras hemos escuchado y queremos compartir.

La muerte de Pablo nos apela a muchos más planos de la existencia que a la ocupación de este o cualquier edificio. Este espacio no es la salvación, no es un futuro ni tenemos un proyecto definido. Puede servir de espacio de encuentro a la llegada del CORRESCALES y de Casa de la Huelga durante estos días de Huelga, pero para nosotras es solamente una grieta abierta para abatir un mundo que se obstina en ser horrible. Para nosotras es una parte de esta convulsión espiritual que nos provoca la muerte. Es un gesto que ilumina nuestro deseo de otra manera de vivir. Donde tenemos que encontrar el valor de la compasión por nosotras mismas y por los otros.

Nuestras soledades, nuestras tristezas antiguas, nuestros miedos encuentran su propio incendio en las grietas que abrimos en el orden legal con estos gestos. Ansia  por romper la normalidad: que algo pase, que revienten las dependencias que nos ligan a la vida miserable de la metrópolis capturada por todo lo que hay que pagar y perseguir.

La construcción de una base está bien pero hay que vincularla a estas brechas. Queremos que las compañeras compartan con nosotras la pasión por vivir la rabia que este mundo capitalista nos despierta. Hay que hacer magia. Magia que convierte imágenes en realidad y que se contagia como un rumor. Como la que abre un mundo con puertas abiertas, sin paredes ni cerraduras.

Hay que luchar y dejarse la piel pero en ese camino tiene que haber espacio para la diversión. Vivamos nuestras pasiones con entusiasmo. Entusiasmo: ese espíritu que nos posee y nos hace superar cualquier obstáculo. El mundo de pronto aparece ante nuestros ojos y sólo hay que tomarlo, está al alcance de la mano. No tomarlo entonces es vivir como muerto y la vida no espera.

Estábamos intentando construir algo. Hablábamos de una comunidad, de un sindicat de barri, de espacios de encuentro, de decenas de proyectos.

Pablo ha explotado aquí dentro, y durante unos días  todos  los  proyectos productivos y las comisiones separadas se han fusionado, y  han  formado parte de la misma vida común. La cuestión de cómo  destituir la  economía para fundar una comuna tiene que ver con lo que ha  estado  pasando todos estos días. Lo que ha pasado es una excepcionalidad,  pero en el  fondo brilla una intuición que quiere orientarnos. Todas  llevamos encima  una presión cotidiana brutal, la de todas las  “necesidades de mierda”  que nos obliga a pagar el día a día. Lo que hay que hacer es ir  más al fondo de la  comunidad  que estábamos construyendo. No tenemos aún la fórmula pero creemos en nuestra potencia y vamos a  seguir experimentando.  A eso es a lo que estamos obligadas. A  encontrar maneras de ir más lejos en el comunizar todo lo que  potencialmente podríamos hacer juntas. Sostenernos, construir, pelear. La  muerte no interrumpe nada.

Hay que jugar, hay que investigar, hay que tirar el castillo de arena y volver a empezar.

Hay una canción que dice: “lo que es, es; lo que no es, es posible”. Entre todas decidimos que sí, que es posible y lo hacemos. PORQUE TODO ES COMÚN.

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Hemos  vivido esta muerte a nuestra manera. Este es nuestro luto, ahora está  vivo en nosotras.

La muerte de Pablo fue una bomba en el laberinto que nos habíamos construido nosotras mismas. Se han caído las paredes dejándonos al descubierto, desnudas. A todas las que nos hemos estado mirando en silencio comprendiéndonos, a las que nos hemos abrazado una y otra vez estos días. Pablo ha roto la parálisis que nos atenazaba.

Lo que ha ocurrido provoca en  nosotras un deseo por deshacer las instituciones y la falsa política. La que dice una cosa y es incapaz de hacerla, la que dice lo uno y después hace lo otro. No queremos lo que el Estado piensa que es posible, queremos abolir la miseria que es inseparable del Estado y sus aparatos. Los zapatistas dicen que nosotras, los y las revolucionarias, morimos para vivir. Para vivir, luchamos, porque el mundo del capital es un mundo de muerte.

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¿Por qué nos ha removido tanto? Pablo nos empujaba, su espíritu nos hacía superar cualquier obstáculo sin saber a veces ni siquiera bien por qué o cómo lo estábamos haciendo.

Le queremos dar un punto de realismo aunque lo más difícil será volver a la normalidad. Ahí hay que llevarse las armas, para seguir un camino que no es sencillo, que tiene que ver con cierta perseverancia, y con la dificultad de pensar toda la violencia y todo el amor que este mundo necesita.

¿Por qué tanta gente de tantos colores políticos estaba aquí? Se le amaba y se le odiaba, pero no dejaba indiferente a nadie. Quizá porque juntas aprendimos la alegría del vivir rebelde. Quizá algunos vivan su muerte como una derrota. Quizá  algunas sientan su vida como un triunfo.

Se lleva un trozo de cada uno de nosotras. Hay un enorme dolor en sus amigos y amigas.

Una persona tan vitalista hace del suicidio un gran interrogante. No es que su vida o su muerte tengan un carácter superlativo. Muchos de nosotros hemos perdido a seres cercanos, a amigas y familiares, y también a ellas las queremos recordar. Porque la vida es aquí y ahora. No como el capitalismo nos impone, elevando a unos amos a los que hay que pagarles cada centímetro de nuestra casa y cada minuto de nuestro tiempo. La muerte es más presencia que ausencia. Por ello Pablo y todos los que se fueron antes siguen viviendo en nosotras como un deseo de destituir la casa de los amos, de las capitalistas, de los burócratas.

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Hay cierto miedo a volver a la normalidad. Pero no es posible porque esa normalidad a partir de ahora huye, se no escapa. La muerte nos cambia. Todo sigue su curso, pero nada sigue igual: son las bofetadas de la vida cuyas cicatrices quedan. Hay cierto miedo a que la apatía y la tristeza nos inunden: el reto es reconducir estos sentimientos. Una sonrisa será mucho más importante que antes. Lo pequeño: grande, como cada cosa que nos recuerde que estamos vivas. Vivirlo colectivamente  puede destruirnos o hacernos más fuertes. Tenemos que volver a llenarnos porque nos hemos vaciado. El desafío es volver a engranar una máquina revolucionaria que estará trabajando a una profundidad mayor, más íntima.

Los ritmos de la cotidianidad nos mantenían separadas. La muerte de Pablo nos ha obligado a sincronizarnos de nuevo. No es tan importante cómo ha muerto sino cómo hemos vivido en estos últimos tiempos. Valoramos y nos duele haber dejado que la tristeza se colara en nuestra vida colectiva. Pablo ha hecho explotar ese olvido, el olvido de la sincronía que alienta nuestro corazón o nuestra vida común.

Nos ha faltado la fuerza para interrumpir la normalidad que nos separa,  la individualización que se nos impone desde que nacemos y somos educadas. Pagar el alquiler, trabajar. Prever el futuro ha ido minando el presente. No es posible vivir en un apasionamiento constante pero  que hay que encontrar la pata de cabra que abra espacios de entusiasmo.

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